Drácula

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—No puedo comprender ninguna de las dos cosas. Puede marcarse el rostro así, golpeando su cabeza contra el suelo. En cierta ocasión vi a una joven que lo hizo en el Asilo Eversfield, antes de que nadie pudiera impedírselo. Y supongo que hubiera podido romperse la espalda al caer de la cama, si lo hizo en una mala postura. Pero le aseguro que me es imposible imaginarme cómo pudieron suceder ambas cosas al mismo tiempo. Si tenía la espalda rota no podía golpearse la cabeza, y si tenía el rostro así ya antes de caerse de la cama, entonces habría rastro de sangre.

Entonces, le dije:

—Vaya a buscar al doctor van Helsing y ruéguele que tenga la bondad de venir aquí cuanto antes. Quiero verlo inmediatamente.

El hombre se fue corriendo y a los pocos minutos apareció el profesor, en pijama y con sus zapatillas. Cuando vio a Renfield en el suelo, lo miró agudamente y se volvió hacia mí. Creo que reconoció lo que estaba pensando, como si estuviera reflejado claramente en mis ojos, ya que dijo tranquilamente, manifiestamente para que lo oyera el asistente:

—¡Qué triste accidente! Necesitará una vigilancia muy atenta y muchos cuidados. Voy a quedarme con usted; pero, ante todo, voy a vestirme. Si quiere usted quedarse aquí, me reuniré con usted en unos momentos.


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