Drácula
Drácula Cuando comenzamos a discutir lo relativo a cuál deberÃa ser nuestro siguiente paso, lo primero de todo que decidimos era que Mina debÃa gozar de entera confianza y estar al corriente de todo; que nada, absolutamente nada, por horrible o doloroso que fuera, deberÃa ocultársele. Ella misma estuvo de acuerdo en cuanto a la conveniencia de tal medida, y era una verdadera lástima verla tan valerosa y, al mismo tiempo, tan llena de dolor y de desesperación.
—No deben ocultarme nada —dijo—. Desafortunadamente ya me han ocultado demasiadas cosas. Además, no hay nada en el mundo que pueda causarme ya un dolor mayor que el que he tenido que soportar… , ¡que todavÃa estoy sufriendo! ¡Sea lo que sea lo que suceda, significará para mà un consuelo y una renovación de mis esperanzas!
Van Helsing la estaba mirando fijamente, mientras hablaba, y dijo, repentinamente, aunque con suavidad:
—Pero, querida señora Mina, ¿no tiene usted miedo, si no por usted, al menos por los demás, después de lo que ha pasado?
El rostro de Mina se endureció, pero sus ojos brillaron con la misma devoción de una mártir, cuando respondió:
—¡No! ¡Mi mente se ha acostumbrado ya a la idea!