Drácula
Drácula Mientras hablaba, sacó del bolsillo un destornillador y una llave y, muy pronto, la tapa de una de las cajas fue levantada. La tierra tenía un olor desagradable, debido al tiempo que había estado encerrada, pero eso no pareció importarnos a ninguno de nosotros, ya que toda nuestra atención estaba concentrada en el profesor. Sacando del bolsillo un pedazo de la Hostia Sagrada, lo colocó reverentemente sobre la tierra y, luego, volviendo a colocar la tapa en su sitio, comenzó a ponerle otra vez los tornillos.
Nosotros lo ayudamos en su trabajo.
Una después de otra, hicimos lo mismo con todas las grandes cajas y, en apariencia, las dejamos exactamente igual que como las habíamos encontrado, pero en el interior de cada una de ellas había un pedazo de Hostia. Cuando cerramos la puerta a nuestras espaldas, el profesor dijo solemnemente:
—Este trabajo ha terminado. Es posible que logremos tener el mismo éxito en los demás lugares, y así, quizá para cuando el sol se ponga hoy, la frente de la señora Mina esté blanca como el marfil y sin el estigma.
Al pasar sobre el césped, en camino hacia la estación, para tomar el tren, vimos la fachada del asilo. Miré ansiosamente, y en la ventana de nuestra habitación vi a Mina.