Drácula
Drácula —¡Vaya! —dijo—. Pero estábamos temerosos, debido a que temÃamos tener que pagar con algún accidente o algo parecido la suerte extraordinaria que nos favoreció durante todo el viaje. No es corriente navegar desde Londres hasta el Mar Negro con un viento en popa que parecÃa que el diablo mismo estaba soplando sobre las velas, para sus propios fines. Al mismo tiempo, no alcanzamos a ver nada. En cuanto nos acercábamos a un barco o a tierra, una neblina descendÃa sobre nosotros, nos cubrÃa y viajaba con nosotros, hasta que cuando se levantaba, mirábamos en torno nuestro y no alcanzábamos a ver nada. Pasamos por Gibraltar sin poder señalar nuestro paso, y no pudimos comunicarnos hasta que nos encontramos en los Dardanelos, esperando que nos dieran el correspondiente permiso. Al principio, me sentÃa inclinado a arriar las velas y a esperar a que la niebla se levantara, pero, entre tanto, pensé que si el diablo tenia interés en hacernos llegar rápidamente al Mar Negro, era probable que lo hiciera, tanto si nos detenÃamos, como si no. Si efectuábamos un viaje rápido, eso no nos desacreditarÃa con los armadores y no causaba daño a nuestro tráfico, y el diablo que habrÃa logrado sus fines, estarÃa agradecido por no haberle puesto obstáculos.
Esta mezcla de simplicidad y astucia, de superstición y razonamiento comercial, entusiasmó a van Helsing, que dijo: