Drácula
Drácula Por fin, sin embargo, encontré una puerta al final de la escalera, la cual, aunque parecÃa estar cerrada con llave, cedió un poco a la presión. La empujó más fuertemente y descubrà que en verdad no estaba cerrada con llave, sino que la resistencia provenÃa de que los goznes se habÃan caÃdo un poco y que la pesada puerta descansaba sobre el suelo. Allà habÃa una oportunidad que bien pudiera ser única, de tal manera que hice un esfuerzo supremo, y después de muchos intentos la forcé hacia atrás de manera que podÃa entrar. Me encontraba en aquellos momentos en un ala del castillo mucho más a la derecha que los cuartos que conocÃa y un piso más abajo. Desde las ventanas pude ver que la serie de cuartos estaban situados a lo largo hacia el sur del castillo, con las ventanas de la última habitación viendo tanto al este como al sur. De ese último lado, tanto como del anterior, habÃa un gran precipicio. El castillo estaba construido en la esquina de una gran peña, de tal manera que era casi inexpugnable en tres de sus lados, y grandes ventanas estaban colocadas aquà donde ni la onda, ni el arco, ni la culebrina podÃan alcanzar, siendo aseguradas asà luz y comodidad, a una posición que tenÃa que ser resguardada. Hacia el oeste habÃa un gran valle, y luego, levantándose allá muy lejos, una gran cadena de montañas dentadas, elevándose pico a pico, donde la piedra desnuda estaba salpicada por fresnos de montaña y abrojos, cuyas raÃces se agarraban de las rendijas, hendiduras y rajaduras de las piedras. Esta era evidentemente la porción del castillo ocupada en dÃas pasados por las damas, pues los muebles tenÃan un aire más cómodo del que hasta entonces habÃa visto. Las ventanas no tenÃan cortinas, y la amarilla luz de la luna reflejándose en las hondonadas diamantinas, permitÃa incluso distinguir los colores, mientras suavizaba la cantidad de polvo que yacÃa sobre todo, y en alguna medida disfrazaba los efectos del tiempo y la polilla. Mi lámpara tenÃa poco efecto en la brillante luz de la luna, pero yo estaba alegre de tenerla conmigo, pues en el lugar habÃa una tenebrosa soledad que hacÃa temblar mi corazón y mis nervios. A pesar de todo era mejor que vivir solo en los cuartos que habÃa llegado a odiar debido a la presencia del conde, y después de tratar un poco de dominar mis nervios, me sentà sobrecogido por una suave tranquilidad. Y aquà me encuentro, sentado en una pequeña mesa de roble donde en tiempos antiguos alguna bella dama solÃa tomar la pluma, con muchos pensamientos y más rubores, para mal escribir su carta de amor, escribiendo en mi diario en taquigrafÃa todo lo que ha pasado desde que lo cerré por última vez. Es el siglo XIX, muy moderno, con toda su alma. Y sin embargo, a menos que mis sentidos me engañen, los siglos pasados tuvieron y tienen poderes peculiares de ellos, que la mera "modernidad" no puede matar.