Drácula
Drácula —¡Adelante! Tú vas primero y nosotras te seguimos; tuyo es el derecho de comenzar.
La otra agregó:
—Es joven y fuerte. Hay besos para todas.
Yo permanecà quieto, mirando bajo mis pestañas la agonÃa de una deliciosa expectación. La muchacha rubia avanzó y se inclinó sobre mà hasta que pude sentir el movimiento de su aliento sobre mi rostro. En un sentido era dulce, dulce como la miel, y enviaba, como su voz, el mismo tintineo a través de los nervios, pero con una amargura debajo de lo dulce, una amargura ofensiva como la que se huele en la sangre.