Drácula
Drácula La muchacha rubia, con una risa de coqueterÃa rival, se volvió para responderle:
—Tú mismo jamás has amado; ¡tú nunca amas!
Al oÃr esto las otras mujeres le hicieron eco, y por el cuarto resonó una risa tan lúgubre, dura y despiadada, que casi me desmayé al escucharla. ParecÃa el placer de los enemigos. Entonces el conde se volvió después de mirar atentamente mi cara, y dijo en un suave susurro:
—SÃ, yo también puedo amar; vosotras mismas lo sabéis por el pasado. ¿No es asÃ? Bien, ahora os prometo que cuando haya terminado con él os dejaré besarlo tanto como queráis. ¡Ahora idos, idos! Debo despertarle porque hay trabajo que hacer.
—¿Es que no vamos a tener nada hoy por la noche? —preguntó una de ellas, con una risa contenida, mientras señalaba hacia una bolsa que él habÃa tirado sobre el suelo y que se movÃa como si hubiese algo vivo allÃ.