Drácula
Drácula 24 de junio, antes del amanecer. Anoche el conde me dejó muy temprano y se encerró en su propio cuarto. Tan pronto como me atreví, corrí subiendo por la escalera de caracol y miré por la ventana que da hacia el sur. Pensé que debía vigilar al conde, pues algo estaba sucediendo. Los gitanos están acampados en algún lugar del castillo y le están haciendo algún trabajo. Lo sé, porque de vez en cuando escucho a lo lejos el apagado ruido como de zapapicos y palas, y, sea lo que sea, debe ser la terminación de alguna horrenda villanía.
Había estado viendo por la ventana algo menos de media hora cuando vi que algo salía de la ventana del conde. Retrocedí y observé cuidadosamente, y vi salir al hombre. Fue una sorpresa para mí descubrir que se había puesto el traje que yo había usado durante mi viaje hacia este lugar, y que de su hombro colgaba la terrible bolsa que yo había visto que las mujeres se habían llevado. ¡No podía haber duda acerca de sus propósitos, y además con mi indumentaria! Esta es, entonces, su nueva treta diabólica: permitirá que otros me vean, de manera que por un lado quede la evidencia de que he sido visto en los pueblos o aldeas poniendo mis propias cartas al correo, y por el otro lado, que cualquier maldad que él pueda hacer sea atribuida por la gente de la localidad a mi persona.