El Huésped de Drácula

El Huésped de Drácula

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Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos.

—¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante!

Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos.

Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo:

—Suena como lobo…, pero no hay lobos aquí, ahora.

—¿No? —pregunté inquisitivamente—. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?

—Mucho, mucho —contestó—. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos.

Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró, haciendo visera con su mano, hacia el horizonte y dijo:

—La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco.


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