La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Tras pronunciar estas últimas palabras casi en un susurro, guardó silencio. Se lo veÃa desesperanzado. Supe entonces que habÃa llegado el momento de averiguar si tenÃa algún indicio, y con tono firme pregunté:
—¿Sospecha usted de alguien?
Él pareció sobresaltarse, y, mirándome fijamente a los ojos, dijo:
—¿Que si sospecho de alguien? Creo más bien que de algo. Sin duda existe cierta… influencia, pero hasta ahà llegan mis sospechas. Más tarde, si consigo extraer conclusiones definitivas y racionales, tal vez, pero por ahora…
Se detuvo a mitad de la frase y miró hacia la puerta. Se oyó el leve ruido del pomo que empezaba a girar. El corazón me dio un vuelco, y recordé que por la mañana, mientras hablaba con el sargento Daw, también nos habÃan interrumpido. La puerta se abrió y apareció la señorita Trelawny. Al vernos, retrocedió, ruborizada. Por unos segundos permaneció inmóvil. Se produjo cierta tensión, compartida, según observé, por el doctor Winchester, que desapareció al exclamar ella:
—Dispénseme, pero no sabÃa que estaban ustedes conversando. Lo buscaba a usted, doctor, para preguntarle si, ya que se encuentra aquÃ, esta noche puedo acostarme. Me siento exhausta, y, además, creo que hoy mi presencia no será de gran utilidad.