La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Aquella noche transcurrió sin incidentes. La señorita Trelawny no estaba de guardia, de modo que el doctor y yo redoblamos nuestra vigilancia. Las enfermeras y la señora Grant también velaban, y los detectives entraban en la habitación cada quince minutos, tal como estaba convenido. El paciente continuó en su estado de trance. Se lo veía saludable, y su respiración era tan regular como la de un niño. Pero permanecía tan inmóvil, que si no hubiese sido porque respiraba, habría parecido una estatua de mármol. El doctor Winchester y yo llevábamos puestas las mascarillas de oxígeno, y, aunque a causa del calor resultaban molestas, no nos atrevimos a quitárnoslas. Entre la medianoche y las tres de la madrugada experimenté una vez más aquella extraña sensación a la que ya empezaba a acostumbrarme. Pero la luz gris del amanecer, que entraba por los resquicios de los postigos, trajo el alivio a la casa. Ya más tranquilo, volví a respirar libremente. Durante la noche agucé el oído, atento a cada sonido, por leve que fuera. Todos mis sentidos estaban alerta, y seguramente lo mismo le ocurría a los demás. Pero con la llegada del alba aquella inquietud cesó y la casa entera se dedicó al descanso. El doctor Winchester marchó a su casa cuando la hermana Doris vino a relevar a la señora Grant. El que durante la guardia nocturna no hubiese ocurrido nada extraordinario parecía desilusionarla.
