La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas 8
Al principio el sargento se mostró renuente, pero al fin aceptó encargarse particularmente del asunto. Añadió que sólo actuaría como informante, y que si se requería que entrase en acción, pondría al corriente a sus superiores. Una vez hecho el arreglo, lo conduje en presencia de la señorita Trelawny y del señor Corbeck.
No pude por menos de admirar la cautela y la fría precisión con que el viajero expuso el caso. No parecía ocultar nada, y aun así se las arregló para dar la descripción menos detallada posible de los objetos desaparecidos. No hizo hincapié en lo misterioso que resultaba todo aquel asunto, sino que dio muestras de considerarlo un robo más de los que suelen producirse en los hoteles. Sabiendo, como sabía, que su intención era recobrar los objetos antes de que fuesen destruidos, observé el modo en que informaba de algunas características al tiempo que ocultaba otras, sin que pareciese que lo hacía. Sin duda, pensé, aquel hombre había aprendido muy bien la lección en los bazares de Oriente, y con su ingenio occidental incluso había superado a sus maestros.
—Me pregunto qué clase de ladrón habrá sido el autor del robo —dijo al fin el detective.
—¿A qué se refiere? —inquirió el señor Corbeck.
