La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas El detective la contempló por un instante y luego me dirigió una mirada significativa. A continuación pidió al señor Corbeck que describí era el hotel y la habitación que ocupaba y el modo de identificar sus pertenencias. El viajero volvió a reiterar que era imprescindible que todo se mantuviese en el mayor secreto pues temía que en caso contrario las lámparas pudieran ser destruidas. Luego explicó que debía marcharse para atender ciertos asuntos y prometió que regresaría por la tarde temprano, y que se quedaría en la casa.
Durante todo aquel día la señorita Trelawny se mostró más animada, a pesar de la desagradable noticia de la desaparición de las lámparas, que habría disgustado mucho a su padre, si hubiese estado en condiciones de enterarse. Pasamos la mayor parte del tiempo examinando los curiosos tesoros reunidos por el señor Trelawny. Gracias a lo que me dijo el señor Corbeck, comencé a hacerme una idea de la magnitud de las investigaciones que había llevado a cabo en Egipto, de manera que todo cuanto me rodeaba tuvo desde entonces un nuevo interés para mí, que aumentaba por momentos. Aquella casa me parecía un verdadero almacén de maravillas del arte antiguo. La habitación misma del señor Trelawny, con su gran sarcófago y su colección de escarabajos, así como el vestíbulo, la biblioteca y aun el tocador estaban llenos de piezas que habrían hecho las delicias del cualquier coleccionista.