La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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Nos inclinamos para observarlas de cerca. El corazón me latía con fuerza, y advertí que Margaret también estaba muy impresionada.

Mientras mirábamos sin atrevernos a tocarlas o a pensar siquiera, alguien llamó a la puerta de la casa; inmediatamente después entró en el vestíbulo el señor Corbeck, seguido del sargento Daw. Al cabo de unos instantes se abrió la puerta del saloncito y, cuando nos vieron, se acercaron a nosotros a toda prisa.

—Felicíteme, querida señorita Trelawny —dijo el señor Corbeck con una expresión de alegría en el rostro—. Mi equipaje ha llegado y no falta nada. —Hizo una pausa y añadió, desalentado—: A excepción de las lámparas, claro. Y lo lamento, porque valían mil veces más que el resto.

Guardó silencio al reparar en la extraña palidez de la joven y luego, siguiendo con los ojos la dirección de nuestras miradas, descubrió las lámparas que había en el cajón. Soltó un grito de sorpresa y alegría, se inclinó y, mientras las tocaba, exclamó:

—¡Mis lámparas! ¡Mis lámparas! ¡Están a salvo, a salvo! Pero, por todos los dioses, ¿cómo han llegado hasta aquí?

Nadie contestó. El detective hizo una profunda aspiración. Nuestras miradas se encontraron y volvió imperceptiblemente la cabeza hacia la señorita Trelawny, que se hallaba de espaldas a él.


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