La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas 9
El que hubiese recuperado sus lámparas casi trastornó al señor Corbeck. Las cogió una a una y las contempló arrobado, como si las amase. Estaba tan excitado y satisfecho que más que respirar parecÃa ronronear como un gato.
—¿Está usted seguro de que son las mismas que perdió? —preguntó el sargento Daw.
—¡Claro que sÃ! —respondió el señor Corbeck con tono de indignación—. En todo el mundo no hay otras lámparas como éstas.
—Al menos, hasta donde usted sabe —replicó el policÃa sin poder disimular cierta exasperación, cuyo motivo creà adivinar—. Es probable que en el Museo Británico haya otras semejantes, o que el señor Trelawny posea unas parecidas. Como bien sabe usted, señor Corbeck, nunca hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera en Egipto. Estas lámparas pueden ser tanto las originales como una copia de ellas. ¿Existe algún detalle que le permita identificarlas con seguridad?
El señor Corbeck, furioso, exclamó:
