La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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Pero aquella mano era real y pertenecía al cuerpo embalsamado. El brazo que asomaba entre las tiras de tela era de carne, aunque semejaba de mármol, y su color, así como el de la mano, me recordó al del marfil que ha permanecido mucho tiempo a la intemperie. La piel y las uñas se conservaban en perfecto estado, como si el cadáver hubiese sido depositado allí la noche anterior. Toqué la mano y la moví. El brazo poseía la flexibilidad propia de un miembro vivo, aunque envarado por años de inmovilidad, como suele ocurrir con los miembros de los faquires hindúes. Sin embargo, lo más asombroso de aquella mano era que tenía siete dedos, finos, largos y sumamente bellos. No pude evitar estremecerme ante el contacto de una mano que, a pesar de haber permanecido encerrada en aquel lugar durante miles de años, parecía viva. Debajo de la mano, y como si ésta la tapase, descubrí una gema enorme. Era roja como la sangre, y muy brillante. Pero lo más extraordinario no era su tamaño ni en el color, sino la luz que reflejaba de siete estrellas, cada una de siete puntas, tan clara e intensa que parecían encerradas dentro de la piedra. Cuando levanté la mano de la momia y vi aquella gema maravillosa, di un respingo y quedé paralizado. Permanecí un rato contemplándola, y lo mismo hicieron los árabes que me acompañaban, como si nos hallásemos ante la mismísima cabeza de la Gorgona cubierta de serpientes, que convertía en piedra a quien la miraba a los ojos. Tan intensa fue la sensación, que experimenté la urgente necesidad de alejarme de aquel lugar. Otro tanto le ocurrió a los tres hombres que estaban a mi lado, y así, tras coger aquella roja joya y algunos amuletos cuya extraña belleza convertía en verdaderas alhajas las piedras en que estaban labrados, me apresuré a abandonar el lugar. Me habría quedado más tiempo estudiando los lienzos que envolvían la momia, pero temí hacerlo, porque de pronto recordé que me hallaba en un lugar desierto y en compañía de unos hombres de cuyos escrúpulos desconfiaba. Me dije, también, que estaba en una caverna solitaria, a treinta metros por encima del valle, donde nadie podría encontrarme si me hacían algún daño, y eso en caso de que me buscasen. Pero decidí que más adelante regresaría, en compañía de gente fiable. Además, sentí la tentación de continuar con las investigaciones porque, al examinar las envolturas, vi en aquel sepulcro maravilloso otras cosas de enorme valor, como un cofre cuya forma era tan rara como la piedra con que estaba hecho, y que me pareció destinado a contener otras joyas. También había otro cofrecillo, cubierto de extraños adornos, si bien de forma más convencional. Era de una especie de porcelana extremadamente dura y muy gruesa, y su tapa estaba bien sellada, como si quienes lo habían dejado allí hubieran tomado las mayores precauciones contra intrusos y curiosos. Los tres árabes insistieron en que lo abriese, pues por su grosor sospechaban que dentro tal vez hubiera grandes tesoros. Consentí en hacerlo, pero sus esperanzas fueron vanas. Todo lo que allí había eran cuatro jarrones delicadamente tallados con numerosos adornos. De éstos, uno representaba la cabeza de un hombre, otro, la de un perro, otro, la de un chacal y el último la de un halcón. Yo conocía aquellas urnas sepulcrales que, por lo general, guardaban las vísceras y otros órganos de los cadáveres embalsamados. Pero al abrir una descubrimos que sólo contenía aceite. Los beduinos derramaron gran parte de éste e introdujeron las manos en los jarrones, pero no hallaron tesoro alguno. En sus miradas creí advertir el brillo de la codicia, y para evitar verme en peligro, apresuré la marcha apelando a la superchería característica de aquella gente. El jeque indicó a los que estaban arriba que nos izasen; lo seguí de inmediato, porque no quería permanecer con los otros hombres. Éstos demoraron en salir, y temí que estuviesen saqueando el sepulcro. Sin embargo, me abstuve de insinuarlo, pues temí que si lo hacía pudiese ocurrir algo peor.


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