La Joya de las siete estrellas

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La tumba de una reina

—El señor Trelawny —prosiguió el señor Corbeck— estaba, por lo menos, tan ilusionado como yo. No tiene mi versatilidad ni se deja llevar alternativamente por la esperanza y la desesperación, sino que se fija objetivos claros, lo cual convierte el anhelo en seguridad. En ocasiones yo temía que existiesen dos piedras preciosas iguales, o que las aventuras de Van Huyn fueran embustes propios de viajeros pergeñados en base a un objeto vulgar adquirido en cualquier tienda de antigüedades de Alejandría, El Cairo o incluso Londres o Amsterdam. Pero el señor Trelawny, por su parte, nunca titubeó. Había muchas cosas que impedían fijar nuestra mente en la fe o el desengaño. Poco después de Arabi Pachá Egipto no era un lugar seguro para los viajeros, sobre todo si eran ingleses. Pero mi amigo es un hombre que no conoce el miedo, y debo admitir que yo no soy ningún cobarde. Entre los dos contratamos a unos árabes a quienes, uno u otro, habíamos conocido en viajes anteriores y en los que podíamos confiar, o al menos eso creíamos. Éramos un grupo lo bastante numeroso como para hacer frente a posibles bandoleros, y llevamos con nosotros un gran equipaje. Habíamos obtenido el consentimiento y la pasividad, que en este caso significaba cooperación, de cuantos oficiales guardaban aún sentimientos cordiales hacia Inglaterra. Por supuesto, la riqueza del señor Trelawny tuvo mucho que ver en ello. Nos dirigimos hacia Aswan, donde el jeque nos cedió a varios árabes. Después de dar nuestra habitual propina, emprendimos el viaje a través del desierto.


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