La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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»Por fin, el señor Trelawny y yo entramos en la tumba. Íbamos provistos de muchas lámparas, que dispusimos en el suelo a intervalos regulares mientras avanzábamos, pues nuestra idea era efectuar una inspección general y a continuación un reconocimiento minucioso. A medida que nos internábamos en aquel lugar, nuestra sorpresa y entusiasmo aumentaban. La tumba era una de las más bellas y magníficas que habíamos visto jamás. A juzgar por la perfección de las esculturas, las pinturas y demás elementos decorativos, la persona que iba a reposar allí lo había dispuesto todo en vida. El dibujo de los jeroglíficos era primoroso, y el colorido, soberbio. En aquella elevada caverna, muy alejada de la humedad producida por las inundaciones del Nilo, todo estaba tan fresco como cuando los artistas habían acabado su obra. Advertimos que, si bien el corte de la roca exterior era obra de los sacerdotes, el pulimento de la cara de la misma debía de formar parte del proyecto original del responsable de la construcción del sepulcro. El simbolismo de las pinturas y de las hendiduras de las piedras de la parte inferior así lo sugerían. La caverna exterior, en parte natural y en parte excavada, debía considerarse, desde el punto de vista arquitectónico, una antecámara. En su extremo, orientado hacia el este, había un pórtico, con muchos pilares, excavado en la roca viva. Los pilares tenían siete caras, característica que nunca habíamos observado en ninguna otra tumba. Tallada en el arquitrabe se veía la Barca de la Luna, en la que iban Hathor, con cabeza de vaca, el disco y las plumas, y el dios Hapi, con cabeza de perro. Este último guiaba la barca Harpócrates hacia el norte, representado por la Estrella Polar rodeada por el Dragón y la Osa Mayor. En esta última, las estrellas que forman el Carro eran mayores que las otras y estaban tan llenas de oro que a la luz de las antorchas parecían fulgurar con un significado especial. Tras franquear el pórtico hallamos dos características arquitectónicas propias de los sepulcros excavados en la roca: la cámara, o capilla, y el pozo, ambos completos, como había observado Van Huyn; en los tiempos de éste se desconocía qué nombres daban los egipcios a estos detalles.


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