La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas 12
—Al recobrarnos de nuestro asombro —prosiguió el señor Corbeck—, lo cual nos llevó un largo rato, sacamos la momia y la izamos por el pozo. Yo subà primero para sujetarla por la parte superior y, al mirar hacia abajo, vi que el señor Trelawny levantaba la mano cortada y se la guardaba debajo de la chaqueta, sin duda para que no se extraviase o bien para evitar que sufriese daño alguno. Dejamos los cadáveres de los árabes donde estaban. Ayudándonos con las cuerdas, bajamos hasta el suelo nuestra preciosa carga y, a continuación, la llevamos a la entrada del valle, donde debÃan aguardarnos el jeque y sus hombres, pero, con gran asombro, los encontramos disponiéndolo todo para emprender la marcha. Cuando recriminamos al jeque por su actitud, replicó que habÃa cumplido su promesa al pie de la letra, ya que, según lo convenido, habÃa esperado tres dÃas. Yo imaginaba que mentÃa y que su verdadera intención habÃa sido abandonarnos; más tarde, al comparar mis notas con las de Trelawny, comprobé que él habÃa sospechado lo mismo. Pero al llegar a El Cairo tuvimos que aceptar, muy a nuestro pesar, que aquel hombre tenÃa razón. Entramos por segunda vez en el pozo de la momia el 3 de noviembre de 1844; tenÃamos buenas razones para recordar aquella fecha.
