La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas »Oà un fuerte chasquido y de pronto apareció ante mà una figura metálica; la piedra volvió lentamente a su lugar, cerrando el serdab. Aquella figura, de la que sólo tuve una vislumbre, se parecÃa al temible guardián que, según el historiador árabe Ibn Abd Alhokin, constructor de las pirámides, el rey Saurid ibn Salhouk, habÃa mandado colocar en la pirámide occidental a fin de que defendiese su tesoro. Era una figura de mármol que empuñaba una lanza y sobre cuya cabeza habÃa una serpiente enroscada. Cuando alguien se acercaba, la serpiente lo mordÃa en un lado, se enroscaba en su cuello, lo mataba y, rápidamente, volvÃa a su lugar.
»Me di cuenta al instante de que aquella figura no habÃa sido colocada allà por nada, y que desafiarla no era un juego de niños. El cadáver del árabe era una buena prueba de ello. Examiné nuevamente la pared y detecté unas huellas pequeñas, como si alguien la hubiese golpeado con un martillo pesado. Sin duda, el ladrón de tumbas habÃa sido más astuto que nosotros, pues sospechó que debÃa de existir un serdab oculto en alguna parte y decidió dar con él. La casualidad quiso que pusiese en funcionamiento un resorte secreto que liberó el Guardián del Tesoro, que asà es como lo designaba el escritor árabe. La escena hablaba por sà sola. Encontré un pedazo de madera y, situándome a una distancia prudencial, hice presión sobre la estrella.