La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas 2
El comisario Dolan se acercó lentamente a la puerta; todos aguardamos, expectantes. La entreabrió unos pocos centímetros y luego, dejando escapar un suspiro de alivio, la abrió para permitir la entrada de un hombre joven de rostro afeitado, alto y esbelto, de expresión inteligente, que echó una rápida mirada alrededor. El comisario se acercó a él y ambos se estrecharon la mano con actitud cordial.
—He venido de inmediato tras recibir su mensaje, señor comisario.
—No podía esperar menos de usted —dijo Dolan—. ¿Acaso cree que he olvidado los viejos tiempos en la calle Bow Street?
A continuación, y sin más preliminares, empezó a referirle todo lo que sabía hasta el momento. El sargento hizo algunas preguntas, muy pocas en realidad, apenas las necesarias para ponerse al corriente de los hechos; aun así el comisario creyó necesario, como era típico en él, extenderse en explicaciones. Mientras tanto, el sargento Daw echaba rápidos vistazos en torno, fijándose en los presentes, incluido el herido que yacía inconsciente en el sofá.
Cuando el comisario terminó con su exposición, el sargento se acercó a mí y dijo:
—Tal vez se acuerde de mí, señor. Nos conocimos con ocasión del caso Hoxton.
