La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas 14
Mientras aguardaba a que el señor Trelawny me llamase, el tiempo pareció transcurrir muy lentamente. Después de los primeros instantes, en que la alegrÃa de Margaret me llenó de felicidad, no pude evitar sentirme solo y aparte. Por un segundo, el egoÃsmo propio de los enamorados se apoderó de mÃ. Pero pronto pasó; el que Margaret fuese feliz constituÃa un motivo de dicha inmensa. Las últimas palabras que habÃa pronunciado antes de cerrar la puerta me dieron la clave de la situación. Aquellas dos personas, aquel padre y aquella hija, hacÃa muy poco que se conocÃan, y Margaret era de la clase de personas que maduran rápidamente.
Al principio, el orgullo y el vigor de ambos, asà como la reticencia, que era su corolario, habÃa supuesto una barrera. Aunque se respetaban mutuamente, esa especie de desencuentro acabó por convertirse en un hábito, impidiéndoles expresar el amor que sentÃan el uno por el otro. Pero ahora todo habÃa cambiado, y Margaret era la más feliz de las mujeres.
Mientras me hallaba sumido en estos pensamientos, la puerta de la habitación se abrió y el señor Trelawny, del modo más cordial, si bien con un tono de solemnidad que me impresionó, dijo:
—Adelante, señor Ross.
