La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas El tema era demasiado amplio y, dadas las circunstancias, daba pie a extrañas suposiciones. ¡No me atrevía a ahondar en él! Decidí esperar pacientemente a que llegara el momento.
Margaret se mantuvo divinamente serena. Creo que la envidiaba sin dejar por ello de admirarla y amarla.
El señor Trelawny estaba tan inquieto y nervioso como sus compañeros. En su caso, el nerviosismo se manifestaba a través del movimiento corporal y mental. Se mostraba inquieto, iba de un lado a otro con razón o sin ella, e incluso sin ningún pretexto, y cambiaba continuamente de tema. Una y otra vez dejaba entrever algún retazo de la dolorosa angustia que lo dominaba, tratando visiblemente de descubrir en mí un estado semejante al suyo. No paraba de explicar cosas. Y en sus explicaciones yo advertía que en su mente se agitaban todos los fenómenos, todas las posibles causas y todos los posibles resultados. Una vez, en medio de una docta disertación acerca del desarrollo de la astrología egipcia, pasó a un tema distinto, o más bien a un aspecto o corolario del mismo.