La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas »Es posible, por ejemplo, que las personas que inventaron la astronomía no usaran en último extremo unos instrumentos de extraordinaria precisión; que la óptica aplicada no fuera un culto de algunos especialistas de los colegios del sacerdocio tebano. Los egipcios eran, esencialmente, unos especialistas. Es cierto que, por lo que podemos juzgar, sus estudios se limitaban a los temas relacionados con sus propósitos de gobierno en la tierra mediante el dominio de todo lo que tuviera que ver con la vida que lo seguiría. Pero ¿puede alguien imaginar que valiéndose sencillamente de los ojos, sin la ayuda de unas lentes de prodigiosa precisión, la astronomía lograra alcanzar los conocimientos necesarios para que la verdadera orientación de los templos, de las pirámides y de las tumbas pudiera seguir a lo largo de cuatro mil años los desplazamientos de los sistemas planetarios en el espacio? Si hace falta un ejemplo de los conocimientos que tenían acerca del microscopio, permítanme hacer una conjetura. ¿Cómo es posible que en sus escritos jeroglíficos tomaran como símbolo o adjetivo determinativo de la “carne” la forma exacta que la ciencia de hoy en día, gracias a las revelaciones de un microscopio de miles de aumentos, atribuye al protoplasma… esa unidad de organismos vivos que se conocen con el nombre específico de “flagelados”? Si pudieron hacer un análisis de este tipo, ¿por qué no imaginar que llegaron más lejos? En la maravillosa atmósfera en que vivían, donde la ardiente y clara luz del sol convivía perpetuamente con el día, donde la sequedad de la tierra y el aire ofrecía una refracción perfecta, ¿por qué no podrían haber aprendido los secretos de la luz que a nosotros se nos ocultan en la densidad de nuestras brumas norteñas? ¿Acaso no cabe la posibilidad de que aprendieran a almacenar la luz de la misma manera que nosotros hemos aprendido a almacenar la electricidad? Más aún, ¿no sería posible que lo hubieran hecho? Necesariamente tuvieron que disponer de alguna forma de luz artificial para poder construir y adornar aquellas enormes cuevas excavadas en la sólida roca que fueron los grandes cementerios de sus muertos. Algunas de aquellas cuevas, con sus laberínticos, tortuosos e interminables pasadizos y cámaras, todos ellos esculpidos, grabados y pintados con tal complejidad de detalles que ante ellos el espectador no puede por menos de quedar perplejo, debieron de tardar muchísimos años en terminarse. Y, sin embargo, no se observa en ellos la menor señal de humo como las que hubieran podido producir las lámparas o las antorchas. Si damos por sentado que sabían almacenar la luz, ¿no es posible que hubieran aprendido a comprender y separar los elementos que la componen? Y si aquellos hombres antiguos llegaron a este extremo, ¿por qué no podríamos nosotros alcanzarlo al llegar la plenitud de los tiempos? ¡Lo veremos! ¡Lo veremos!