La Joya de las siete estrellas

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—He llegado a la conclusión de que, para poder llevar a la práctica nuestro experimento, tenemos que gozar de un aislamiento absoluto. No un simple aislamiento de uno o dos días sino de todo el tiempo que sea necesario. Aquí, tal cosa sería imposible; las necesidades y los hábitos de la gran ciudad podrían molestarnos e interrumpirnos, y sin duda lo harían. Bastarían los telegramas, las cartas certificadas o los envíos urgentes, y el gran ejército de aquellos que quieren algo de nosotros haría inevitable el desastre. Por si fuera poco, los acontecimientos de la semana pasada han atraído la atención de la policía sobre esta casa. Aunque ni Scotland Yard ni la comisaría del distrito hayan cursado instrucciones especiales de vigilancia, pueden ustedes estar seguros de que el policía que hace la ronda la someterá a una atenta observación. Además, los criados que se han marchado no tardarán en hablar. No tendrán más remedio que hacerlo, pues, en razón de su propia forma de ser, se verán obligados a explicar el motivo del término de un servicio que gozaba, si ustedes me permiten decirlo, de cierto prestigio en el barrio. Los sirvientes de los vecinos empezarán a hablar y puede que también lo hagan los propios vecinos. Después, la siempre activa e inteligente prensa, con su habitual afán de informar al público y aumentar las tiradas, se apoderará del asunto. Aunque nos encerráramos en la casa, no nos veríamos libres de interrupciones y, posiblemente, de intrusos. Cualquiera de ambas cosas daría al traste con nuestros planes; por consiguiente, debemos tomar medidas con vistas a una posible retirada, llevando con nosotros todos nuestros pertrechos. Ya estoy preparado para eso. Desde hace un tiempo tenía prevista semejante posibilidad y había tomado los recaudos necesarios. Como es lógico, no podía prever lo que ha ocurrido, pero sabía que ocurriría o que podía ocurrir. Desde hace más de dos años mi casa de Cornualles está acondicionada para recibir todos los objetos que aquí se conservan. Cuando Corbeck se fue para iniciar su búsqueda de las lámparas, mandé preparar la vieja casa de Kyllion, que incluso dispone ahora de todo lo necesario para producir luz eléctrica. Será mejor que les diga, pues ninguno de ustedes, ni siquiera Margaret, sabe nada de ello, que el acceso público e incluso la visión de la casa son absolutamente imposibles. Se levanta en lo alto de un promontorio rocoso detrás de una escarpada colina y sólo es posible divisarla desde el mar. Hace muchos años que está rodeada por un alto muro de piedra, pues la casa anterior había sido construida por un antepasado mío en los tiempos en que una gran vivienda alejada de un centro urbano tenía que estar preparada para defenderse. Disponemos, por lo tanto, de un lugar tan apropiado para nuestras necesidades que casi parece hecho a la medida. Cuando estemos allí me extenderé más sobre el asunto. No tardaremos mucho, pues el proceso ya se ha puesto en marcha. He mandado decir a Marvin que disponga todo lo necesario para el transporte. Deberá contar con un tren especial, el cual circulará de noche para evitar ser visto. Y también deberá agenciarse varias carretas y carros con suficientes hombres y medios para trasladar todo nuestro equipaje a Paddington. Nos iremos antes de que los ojos de Argo de los reporteros empiecen a montar guardia. Hoy empezaremos a hacer el equipaje. Calculo que mañana por la noche estaremos listos. En los edificios anexos tengo todas las cajas de embalaje que utilizaremos para traer las cosas desde Egipto, y creo que, puesto que fueron suficientes para un viaje a través del desierto, luego por las aguas del Nilo hasta Alejandría y desde allí hasta Londres, nos bastarán sin duda en nuestro viaje desde aquí hasta Kyllion. Los hombres, si Margaret nos va dando las cosas que le pidamos, podremos hacer las maletas para que luego las carguen en los carros.


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