La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Si las creencias egipcias estaban en lo cierto, el Ka y el Khu de la reina muerta podían animar a cualquier ser que hubiese elegido. En tal caso, Margaret no sería en realidad una persona, sino, sencillamente una parte de la reina Tera, un cuerpo astral que obedecía a la voluntad de ésta.
Al llegar a este punto, me rebelé contra la lógica. Cada fibra de mi ser se resistía a aceptar como buena semejante conclusión. ¿Cómo era posible que yo creyese en la nueva existencia de Margaret y, al mismo tiempo, aceptara la posibilidad de que fuese una imagen animada utilizada por el doble de una mujer, muerta hacía cuatro mil años, para llevar a cabo sus propósitos? A pesar de aquellas nuevas dudas, las perspectivas eran más esperanzadoras, ya que al menos yo tenía a Margaret.