La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Me impresionó el modo en que las dos jóvenes se miraron. Supongo que mi hábito de estudiar a la gente y observar su comportamiento se extiende también fuera del ámbito de los juzgados. En ese momento de mi vida, cualquier cosa que interesase a la señorita Trelawny, me interesaba a mí, y si ella miró con interés a la recién llegada, yo hice lo propio. Al comparar a aquellas dos mujeres, de algún modo mi conocimiento de la señorita Trelawny aumentó. Ciertamente, ambas ofrecían un contraste acusado. La joven que había solicitado mi ayuda era morena, de facciones armoniosas y bonita figura. Sus ojos eran maravillosos; grandes y negros, de una mirada suave como el terciopelo, profunda y misteriosa. Mirarlos era como contemplarse en un espejo oscuro. En una ocasión oí a un anciano caballero, viajero consumado, describir el efecto de aquellos ojos en los siguientes términos: «Es como observar en la noche las lejanas lámparas de una mezquita cuyas puertas permanecen abiertas». Las cejas eran finas y bien arqueadas, y constituían un marco perfecto para sus espléndidos ojos. Su cabellera, larga y rizada, era negra y tan brillante como la seda. Por lo general, el cabello negro es signo de una personalidad fuerte, vigorosa, pero en este caso no era exactamente así. Aunque no sugería debilidad, le confería una espiritualidad extraordinaria. Todo en ella era refinado, armónico; su porte, su figura, sus cabellos, sus ojos, sus labios carnosos de un intenso color escarlata, sus dientes pequeños y blancos, la suave curva de la mandíbula, sus dedos largos y finos, sus delgadas muñecas. La suma de estas perfecciones hacía que resultase una mujer tierna, dulce y encantadora.
