La Joya de las siete estrellas

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Más instrucciones raras

Cuando a las once y media salí de mi habitación, vi que en el dormitorio del señor Trelawny todo seguía igual. La nueva enfermera ocupaba el sillón en que la señorita Kennedy se había sentado la noche anterior. Cerca de ella, entre la cama y la caja de caudales, se encontraba el doctor Winchester, despierto y alerta, aunque tenía un extraño aspecto con su mascarilla de oxígeno. Al llegar a la puerta oí un ligero ruido y, volviéndome, vi al nuevo detective, quien, después de llevarse un dedo a los labios, se retiró sin decir palabra. De ese modo, ninguno de los que vigilaban se vería vencido por el sueño.

Saqué una silla y la ubiqué junto a la puerta; no quería que me volviese a ocurrir lo de la noche anterior. Como es natural, mis pensamientos se concentraron en los últimos sucesos. Llegué a conclusiones descabelladas, fui presa de la duda, pero no perdí la conciencia de cuanto me rodeaba. El pensamiento no es un proceso lento, y cuando uno se concentra a menudo el tiempo pasa rápidamente. De hecho, me pareció que habían pasado pocos minutos cuando de pronto se abrió la puerta y apareció el doctor Winchester, quitándose la mascarilla. Luego se inclinó sobre el abrigo, que llevaba doblado en un brazo, y lo olió. Este acto fue una muestra de su perspicacia.


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