La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —No; a menos que me vea en la obligación de actuar en calidad de procurador de su padre. Tengo en mi poder el documento que lo atestigua. Debe reconocer, señor Ross —dijo con esa convicción tÃpica del hombre de negocios, mientras me tendÃa el escrito—, que el tono de la carta es enérgico y que no deja resquicio alguno para evitar su cumplimiento. Asà lo estipulan los términos, excepto por alguna formalidad de tipo legal. Le aseguro que no tengo poder alguno para atenuar las disposiciones del señor Trelawny, a menos, por supuesto, que decida traicionar su buena fe, lo cual, comprenderá usted, es imposible. —Evidentemente, no querÃa que quedasen dudas al respecto. No obstante, sin sombra de aspereza en su tono de voz, se volvió hacia Margaret y añadió—: Espero, señorita Trelawny, que entienda que me es del todo imposible hacer nada al respecto. Los actos de su padre tenÃan un propósito definido que no me confió, pero aun asà estoy convencido de que meditó muy bien cada una de sus instrucciones. Estudió cada posible alternativa, y el modo en que se debÃa actuar.
»Lamento que mis palabras hayan podido causarle a usted una impresión desagradable, y desde ya le pido perdón, pues no era ésa mi intención. Pero no me queda otra alternativa. Si quiere usted consultarme acerca de cualquier punto, estoy a su disposición a toda hora, sea de dÃa o de noche.