La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La huida de Eliza
Era la hora del crepúsculo cuando Eliza cruzó tan desesperadamente el río. La niebla gris del anochecer, que ascendía lentamente del río, la envolvió en cuanto subió la ribera, haciéndola invisible, y la fuerte corriente y las masas basculantes de hielo formaban una barrera infranqueable entre ella y su perseguidor. Por lo tanto, Haley, disgustado, regresó lentamente a la pequeña taberna para pensar qué tendría que hacer a continuación. La mujer le abrió la puerta de una pequeña sala, adornada con una alfombra de trapos y con una mesa cubierta con un hule negro brillantísimo, diversas sillas de madera de respaldo alto y unas figuras de escayola de colores chillones en la repisa de la chimenea, encima de un débil fuego humeante; aquí se sentó Haley para meditar sobre la inestabilidad de las esperanzas y la felicidad humanas.
«¿Qué he hecho yo», se dijo a sí mismo, «para que me tomen el pelo como si fuera un patán, como lo han hecho?», y Haley se desahogó repitiendo varias veces para sí una letanía de maldiciones que, aunque todo parece dar fe de su veracidad, preferimos, por cuestiones de buen gusto, omitir.
Le sobresaltó la voz fuerte y disonante de un hombre que parecía desmontar en la puerta. Acudió apresurado a la ventana.
