La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Es una felicidad estar satisfecho —dijo el señor Shelby, encogiéndose ligeramente de hombros y dando muestras de incomodidad.
—Entonces —dijo Haley, después de que ambos hombres pasaran un rato comiendo frutos secos en silencio—, ¿qué me dice?
—Me lo pensaré y lo hablaré con mi esposa —dijo el señor Shelby—. Mientras tanto, Haley, si usted quiere que se maneje el asunto con la discreción que ha mencionado, más vale que lo mantenga en secreto en este vecindario. Correrá la voz entre mis muchachos, y no será un asunto nada discreto llevarse a alguno de mis muchachos si se enteran, se lo aseguro.
—¡Desde luego, naturalmente, ni una palabra! Pero mire usted, tengo muchÃsima prisa y quiero saber cuanto antes qué decide usted —dijo él, levantándose y poniéndose el abrigo.
—Pues venga esta tarde entre las seis y las siete y le contestaré —dijo el señor Shelby, mientras el tratante salÃa de la habitación con una reverencia.