La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Venderlo? ¡Qué va, tontita! Sabes que el amo no hace negocios con esos tratantes sureños y que nunca querrá vender a ninguno de sus criados, siempre que se porten bien. Vamos, tonta, ¿quién crees que querrá comprar a tu Harry? ¿Crees que todo el mundo lo quiere como tú, gansita? Venga, anÃmate y abróchame el vestido. Vamos, arréglame el pelo con esa trenza bonita que aprendiste el otro dÃa, y deja de escuchar detrás de las puertas.
—Señora, usted nunca permitirÃa…
—¡TonterÃas, niña! Por supuesto que no. ¿Cómo puedes hablar asÃ? Antes dejarÃa vender a uno de mis propios hijos. Pero, Eliza, te estás enorgulleciendo demasiado de ese niño. No puede asomar la nariz un hombre por la puerta sin que creas que ha venido a comprarlo.
Reconfortada por el tono seguro de su ama, Eliza siguió ágil y mañosa con el tocado, riéndose de sus propios temores.