La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —No sirve de nada, señor. No tengo necesidad de alquilar a mis trabajadores si no quiero.
—Pero, señor, parece estar muy bien adaptado a este negocio.
—Puede que sÃ; no se adaptaba muy bien nunca a nada de lo que yo le mandaba, sin embargo.
—Pero dese cuenta de que ha inventado esta máquina —interrumpió uno de los obreros, algo inoportuno.
—¡Oh, sÃ! Una máquina para ahorrar trabado, ¿verdad? No me extraña que inventara eso; un negro es especialista en eso. Todos ellos son máquinas para el ahorro del trabajo. No, ¡se marchará!
George se quedó como paralizado al oÃr a una potencia que sabÃa irresistible pronunciar su condena. Se cruzó de brazos, comprimió los labios, pero un volcán de sentimientos amargos ardió en su pecho, enviando rÃos de fuego por sus venas. Jadeaba y sus grandes ojos negros llameaban como brasas ardientes, y hubiera podido estallar en algún tipo de ebullición peligrosa si el bondadoso patrón no le hubiera tocado el brazo, diciendo en voz queda:
—Déjate llevar, George; ve con él de momento. Intentaremos ayudarte más adelante.
El tirano vio este susurro y adivinó su significado aunque no oyó lo que se dijo; y le fortaleció aún más en su empeño interno de mantener el poder que ejercÃa sobre su vÃctima.