La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Cuando despertó, se encontraba cómodamente instalada en la cama, cubierta con una manta, con la pequeña Ruth frotándole las manos con alcanfor. Abrió los ojos en un estado de languidez somnolienta y deliciosa como el de una persona que ha llevado mucho tiempo una carga pesada y ahora siente que ya no la lleva y puede descansar. La tensión de los nervios, que no había cesado ni un momento desde la primera hora de su huida, se había desvanecido y le sobrevino una extraña sensación de seguridad y descanso; y ahí tumbada con los grandes ojos negros abiertos seguía, como en un tranquilo sueño, los movimientos de los que la rodeaban. Vio la puerta abierta a la otra habitación; vio la mesa de la cena, con su níveo mantel; oyó el vago murmullo de la tetera; vio a Ruth correteando de acá para allá con platos de pasteles y platillos de conservas, parando de vez en cuando para ponerle un pastel en la mano a Harry o acariciarle la cabeza o enredar sus largos rizos con sus blancos dedos. Vio la amplia figura maternal de Rachel, que se acercaba una y otra vez a la cama para alisar o arreglar la ropa de cama y remeter las sábanas aquí y allí, como forma de expresar sus buenos deseos; y era consciente de una especie de luz de sol que emanaba desde los grandes ojos castaño. Vio entrar al marido de Ruth; la vio correr hacia él y ponerse a susurrarle algo con gran seriedad y gestos expresivos, señalando la habitación con su pequeño dedo. La vio sentarse a cenar con el bebé en brazos; los vio a todos alrededor de la mesa y al pequeño Harry en una silla alta bajo la sombra del amplia ala de Rachel; había tenues murmullos de conversación, suaves tintineos de cucharillas de té y el resonar musical de tazas contra platillos, todo mezclado con un delicioso sueño reparador, y Eliza durmió como no había dormido desde la espantosa noche cuando cogió a su hijo para huir a la luz escarchada de las estrellas.