La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —Me pregunto yo, si me parcelaran y me hicieran inventario, cuánto darían por mí —dijo éste mientras leía el documento—. Digamos tanto por la forma de la cabeza, tanto por la frente despejada, tanto por los brazos y las manos y las piernas y después tanto por la educación, la cultura, el talento, la honradez y la religión. ¡Dios me ampare, poco cobrarían por lo último, me parece! Pero vamos, Eva, —dijo; y cogiendo de la mano a su hija, cruzó el barco, puso de forma desenfadada la punta del dedo bajo la barbilla de Tom y le dijo—: ¡Ánimo, Tom! Veremos si te gusta tu nuevo amo.
Tom levantó la mirada. No estaba en su naturaleza contemplar aquella cara alegre, joven y guapa sin experimentar placer; y Tom sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas cuando dijo de corazón:
—¡Que Dios le bendiga, amo!
—Bien, espero que sí. ¿Cómo te llamas? ¿Tom? Es más probable que lo haga si lo pides tú que si lo pido yo. ¿Sabes conducir caballos, Tom?
—Estoy acostumbrado a los caballos desde siempre —dijo Tom—. El señor Shelby los criaba a montones.
—Bien, entonces creo que te pondré de cochero, con la condición de que no te emborraches más de una vez por semana, excepto en caso de emergencia, Tom.
Tom puso cara de sorprendido y algo ofendido y respondió:
—Nunca bebo, amo.