La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Los pórticos que bordeaban el patio estaban adornados con cortinas de alguna especie de tejido árabe que se podían correr para tapar los rayos de sol. En conjunto, el lugar tenía un aspecto lujoso y romántico.
Al aproximarse el coche, Eva parecía un pájaro a punto de escaparse de su jaula, por la fuerza salvaje de su gozo.
—¿No es precioso, magnífico, este queridísimo hogar mío? —dijo a la señorita Ophelia—. ¿No es precioso?
—Es un lugar muy bonito —dijo la señorita Ophelia al apearse—; aunque me parece a mí que tiene un aspecto algo pagano.
Tom se bajó del carruaje y miró alrededor con un aire de tranquilo y sereno placer. Los negros, no hay que olvidarlo, son originarios de algunos de los países más maravillosos y exóticos del mundo y tienen, en el fondo de su corazón, una pasión por todo lo que es magnífico, rico y espléndido; pasión que, cuando la ostentan sin refinamiento de gustos, les hace parecer ridículos ante el gusto más frío y rígido de la raza blanca.
St. Clare, que era en el fondo un sibarita poético, sonrió cuando la señorita Ophelia hizo el comentario sobre su hacienda y, volviéndose hacia Tom, que miraba alrededor con su rostro sonriente radiante de admiración, dijo:
—Tom, muchacho, esto parece ser de tu gusto.