La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Sea como sea, lo cierto es que la actitud, la mirada, la voz y la manera de ser del orador dejaron sin habla a los miembros del grupo durante un momento. Hay algo en la valentÃa y la resolución que hace callar hasta a la naturaleza más bruta durante un rato. Marks era el único al que no le hizo ningún efecto. Amartilló pausadamente su pistola y, en el silencio momentáneo que siguió al discurso de George, le disparó.
—Es que dan lo mismo por él muerto que vivo en Kentucky —dijo frÃamente, mientras se limpiaba la pistola con la manga de la chaqueta.
George saltó hacia atrás… Eliza gritó… la bala habÃa pasado rozándole el cabello a él, casi surcando la mejilla de su esposa y habÃa ido a parar en un árbol que estaba arriba.
—No es nada, Eliza —dijo George enseguida.
—Más te vale mantenerte oculto en vez de soltar discursos —dijo Phineas—; pues son unos granujas ruines.
—Bueno, Jim —dijo George—, comprueba que están bien tus pistolas y vigila el desfiladero conmigo. Yo dispararé al primer hombre que se asome; tú, al segundo y asà sucesivamente. No debemos desperdiciar dos balas en uno.
—Pero si no le das, ¿qué?
—Le daré —dijo frÃamente George.