La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Qué más da? Una palabra es tan buena como otra para ella.
—Tú querÃas que la educara bien; y debes recordar que es una criatura que razona y tener cuidado de cómo la influyes.
—¡Ay, diantre! Es verdad; pero, como dice la misma Topsy, «¡soy tan malo!».
Más o menos de esta forma continuó la instrucción de Topsy durante un año o dos: la señorita Ophelia se preocupaba de ella a diario, como en una especie de enfermedad crónica, a cuyos achaques, con el tiempo, se acostumbró como se acostumbran las personas a la neuralgia o las jaquecas.
St. Clare se divertÃa de la misma manera con la niña que un hombre se divierte con los trucos de un loro o un perro perdiguero. Cada vez que sus pecados la hacÃan caer en desgracia con los demás, Topsy se refugiaba detrás de su sillón, y St. Clare, de una forma u otra, aplacaba los ánimos. Él le daba muchas monedas sueltas, y ella las gastaba en frutos secos y caramelos, que distribuÃa con despreocupada generosidad entre todos los niños de la casa; porque Topsy, en honor a la verdad, era bondadosa y desprendida y sólo era maliciosa en defensa propia. Ya está bien insertada en nuestro corps de ballet[37] y actuará, de vez en vez, cuando le toque el turno, con otros artistas.