La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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El dormitorio de Eva era una habitación espaciosa que, como todas las demás habitaciones de la casa, daba al amplio porche. La habitación se comunicaba, por un lado, con la de sus padres y, por el otro, con la ocupada por la señorita Ophelia. St. Clare había seguido sus propios gustos a la hora de amueblar este cuarto en un estilo que guardaba una peculiar armonía con la personalidad de su destinataria. En las ventanas colgaban cortinas de muselina blanca y rosa, el suelo estaba cubierto por una moqueta que había mandado hacer en París, según un dibujo diseñado por él mismo con una cenefa de capullos y hojas de rosa en las orillas y rosas abiertas en el centro. La cama, las sillas y los sofás eran de bambú, trabajado en unas formas bellas y fantásticas. Sobre la cabecera de la cama había una peana de alabastro donde se alzaba la escultura de un hermoso ángel con las alas recogidas, que sostenía una corona de laurel. Aquí se sujetaban unas ligeras cortinas de gasa rosada a rayas, que servían de protección contra los mosquitos, un accesorio indispensable en todos los dormitorios en ese clima. Los elegantes sofás de bambú estaban repletos de almohadones de damasco de color rosa y por encima de ellos, prendidas de las manos de figuras esculpidas, colgaban cortinas de gasa parecidas a las de la cama. Había una mesa ligera de formas caprichosas en el centro de la habitación, sobre la que se erguía un jarrón de mármol de París que estaba tallado en forma de azucena blanca rodeada de capullos, que se mantenía siempre lleno de flores. Sobre esta mesa yacían los libros y los pequeños tesoros de Eva, junto con una magnífica escribanía de alabastro, que le había comprado su padre una vez que la vio empeñada en mejorar su caligrafía. Había una chimenea en el dormitorio y sobre su repisa se alzaba una preciosa figura de Jesús rodeado de niños, con dos jarrones de mármol a cada lado, que Tom se enorgullecía y deleitaba en llenar de flores cada mañana. Las paredes estaban adornadas con dos o tres exquisitos cuadros de niños en diferentes actitudes. En resumen, no se podían posar los ojos en ningún sitio sin encontrarse con imágenes de infancia, de belleza y de paz. Los pequeños ojos de su dueña nunca se abrían a la luz de la mañana sin tropezar con algo que le llenaba el corazón de pensamientos hermosos y sosegadores.


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