La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —En Kentucky, amo —dijo Tom, mirando alrededor como en busca de salvación.
—¿Qué has hecho?
—Cuidar de la granja del amo —dijo Tom.
—¡Bonita historia! —dijo el otro bruscamente al seguir adelante. Se detuvo un momento delante de Adolph; después, lanzando un escupitajo de jugo de tabaco sobre sus relucientes botas, siguió su camino con una tosecilla despectiva. Se paró nuevamente ante Susan y Emmeline. Alargó la sucia y pesada mano y acercó la muchacha a él: la pasó por su cuello y su busto, palpó sus brazos, examinó sus dientes y después la empujó contra su madre, cuyo semblante paciente revelaba todo lo que sufría con cada movimiento del repugnante forastero.
La muchacha se asustó y se echó a llorar.
—¡Cállate, descarada! —dijo el vendedor—; nada de lloriqueos, que va a empezar la subasta—. Y cuando llegó el momento, la subasta empezó.
Adolph fue vendido a buen precio al joven caballero que antes había dicho que pensaba comprarlo y los otros criados del lote de los St. Clare fueron vendidos a diferentes compradores.
—Ahora te toca a ti, muchacho, ¿me oyes? —dijo el subastador a Tom.