La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom »No quería curarme y esperaba no sanar más pero, a pesar mío, se me pasó la fiebre y me puse sana y finalmente me levanté. Entonces me obligaron a vestirme todos los días; y venían caballeros y se quedaban de pie, fumaban cigarros y me miraban y hacían preguntas y debatían mi precio. Estaba tan lúgubre y callada que no me quería ninguno de ellos. Amenazaron con azotarme si no me ponía más alegre y me esforzaba por ser más amable. Por fin, un día acudió un caballero de apellido Stuart. Pareció tenerme simpatía; se dio cuenta de que había algo terrible en mi corazón y vino a verme a solas muchas veces y finalmente me persuadió para que se lo contara. Al final me compró y prometió hacer todo lo posible por localizar a mis hijos y comprarlos. Fue al hotel donde había estado mi Henry; le dijeron que lo habían vendido a un plantador del río Pearl; eso fue lo último que supe de él. Luego averiguó dónde estaba mi hija; la cuidaba una mujer vieja. Ofreció una cantidad inmensa por ella pero no quisieron venderla. Butler se enteró de que la quería comprar para mí y me mandó recado de que nunca la conseguiría. El capitán Stuart fue muy amable conmigo; tenía una magnífica plantación y me llevó allí. Al cabo de un año, di a luz a un hijo. ¡Ay, ese niño, cuánto lo quería! ¡Se parecía muchísimo a mi pobre Henry! ¡Pero había decidido que nunca más dejaría que un hijo mío viviera para hacerse adulto! Cogí al pequeño en brazos cuando tenía dos semanas y lo besé y lloré; y después le di láudano y lo estreché contra mi pecho hasta que murió en sueños. ¡Cómo lo eché de menos! Cualquiera hubiera pensado que administrarle el láudano fue un error, pero es una de las pocas cosas de las que me alegro ahora. No me arrepiento tampoco hoy; por lo menos ha dejado de sufrir. ¿Qué le podía dar mejor que la muerte, a la pobre criatura? Poco después, hubo una epidemia de cólera y se murió el capitán Stuart; morían todos los que querían vivir y yo, aunque me acercaba a la puerta de la muerte, ¡seguía viva! Después me vendieron y pasé de mano en mano hasta que me marchité y me llené de arrugas y tuve unas fiebres; luego me compró este desgraciado y me trajo aquí y ¡aquí estoy!