Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares X. El motivo inicial que desencadenó todas las guerras fue el siguiente: considerando Augusto que nada era más necesario que vengar el asesinato de su tío abuelo y salvaguardar todas sus disposiciones, tan pronto como regresó de Apolonia, decidió, primero, atacar a viva fuerza y por sorpresa a Bruto y a Casio y, más tarde, puesto que habían conseguido evitar ese ya previsto peligro, atacarlos también legalmente y declararlos, en su ausencia, reos de asesinato. Él, personalmente, organizó los juegos para celebrar la victoria de César, ya que aquellos a quienes competía el asunto no se habían atrevido a hacerlo. Y para garantizar que también se cumpliese el resto de sus disposiciones, a pesar de que era patricio, pero no senador[12], presentó su candidatura a una plaza de tribuno de la plebe, cuyo titular casualmente había muerto hacía poco. No obstante, al oponerse a sus aspiraciones el cónsul Marco Antonio (de quien precisamente esperaba el mayor respaldo, pero que se negaba a concederle, para cosa alguna, ningún tipo de atribuciones, ni oficiales ni excepcionales, a no ser a cambio de cuantiosas sumas de dinero), se pasó al partido de los optimates; Augusto se daba cuenta, en efecto, que Antonio les resultaba odioso, sobre todo porque, después de sitiar a Décimo Bruto en Módena, se esforzaba en expulsarlo por la fuerza de las armas de la provincia que le había sido otorgada por César y confirmada por el Senado. Así pues, siguiendo los consejos de algunos senadores, contrató a unos sicarios para que lo matasen, pero, descubierta la intriga y temiendo a su vez por su vida, repartiendo generosamente entre ellos todo el dinero que le fue posible, reagrupó a los veteranos para que le apoyasen a él y a la República. Recibió entonces la orden de, como propretor, ponerse al frente del ejército que había reunido y, juntamente con Hircio y Pansa, que habían sido nombrados cónsules, prestar ayuda a D. Bruto; en tres meses finalizó la guerra que le habían encomendado, librando dos batallas. Escribe Antonio que, en la primera, huyó y que reapareció finalmente, al cabo de dos días, sin el manto de general ni el caballo; en la segunda, en cambio, hay constancia fidedigna de que cumplió, no sólo con las obligaciones de un general, sino incluso con las de un soldado, y que en pleno combate, al haber sido gravemente herido el aquilífero de su legión, cargó Augusto el águila sobre sus hombros y la llevó a cuestas durante largo rato.