Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XIV. Descubierta, siendo César pretor, la conjuración de Catilina y pronunciándose el Senado en pleno en favor de la pena de muerte para todos los implicados en la criminal intriga, únicamente él fue del parecer de que, tras confiscarse sus bienes, se debía repartir y custodiar a los sediciosos entre los diversos municipios. Más aún: provocó tal pánico en aquellos que proponían medidas más drásticas, haciéndoles ver insistentemente cuánto odio guardaría la plebe romana hacia ellos en el futuro, que Décimo Silano, cónsul electo, no vio inconveniente en suavizar su propuesta dándole otra interpretación —pues cambiarla hubiera sido vergonzoso—, como si se hubiese entendido de una forma más rigurosa de lo que él mismo pretendía. Y hubiese conseguido César imponer su parecer, pues ya muchos se habían puesto a su lado[12], entre ellos Cicerón, el hermano del cónsul, si el discurso de M. Catón no hubiese reafirmado en su postura al ya indeciso Senado. Pero ni siquiera entonces dejó de oponerse a la sentencia del Senado, hasta que un piquete de caballeros romanos, que, armado, rodeaba el Senado para su protección, le amenazó de muerte por su pertinaz oposición, llegando incluso a blandir contra él las espadas desenvainadas, de manera que los que se hallaban junto a él lo dejaron solo, sentado en su escaño, y tan sólo unos pocos, rodeándolo e interponiendo sus togas, pudieron protegerlo. César entonces, completamente aterrado, no sólo cedió, sino que durante el resto del año no apareció por la Curia[13].


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