Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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VI. Su infancia y su adolescencia fueron difíciles y agitadas, compartiendo siempre y en todas partes la huida de sus padres. En Nápoles, cuando éstos, ante una irrupción enemiga, se hallaban ocultos mientras buscaban una nave, por dos veces estuvo a punto de traicionarlos con sus vagidos. La primera, cuando fue apartado del pecho de su nodriza, y la segunda, al ser arrancado del regazo de su madre por los sirvientes que, obligados por la crítica situación, trataban de aligerar de su peso a aquellas pobres mujeres. Después de ser llevado a través de Sicilia y de Acaya y de ser confiado oficialmente a los lacedemonios, pues se encontraban éstos bajo la protección de los Claudios, al partir de allí en una marcha nocturna, estuvo a punto de perder la vida, cuando por todo el bosque se declaró un repentino incendio que rodeó a toda la comitiva tan de cerca que parte de los vestidos y de los cabellos de Livia comenzaron a arder. Los obsequios que en Sicilia le regaló Pompeya, la hermana de Sexto Pompeyo, a saber, un manto griego, un broche y varias bulas de oro[17], se conservan todavía y pueden verse en Bayas. A su regreso a Roma, fue adoptado en su testamento por el senador Galio, pero, aunque entró en posesión de la herencia, pronto renunció a llevar su nombre, pues Galio había pertenecido al partido que se enfrentó a Augusto. Cuando a los nueve años de edad perdió a su padre, pronunció desde la tribuna de los oradores su elogio fúnebre. Más adelante, ya en su pubertad, durante la celebración del triunfo por la victoria de Accio acompañó el carro de Augusto, cabalgando sobre el caballo de regalo[18] de la izquierda, mientras Marcelo, el hijo de Octavia, lo hacía sobre el de la derecha. Presidió los juegos de la Urbe y participó en los juegos ecuestres troyanos como jefe del escuadrón formado por los chicos de más edad.


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