Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXI. Promulgada no mucho después por los cónsules una ley para que administrase juntamente con Augusto las provincias y juntos llevasen a cabo el censo, después de ofrecer el sacrificio lustral[38], marchó al Ilírico. Pero acababa de iniciar su viaje cuando fue llamado a Roma. Encontró a Augusto ya muy enfermo, pero todavía vivo, y permaneció reunido a solas con él durante todo un día. Sé positivamente que la plebe tenía el convencimiento de que, después de salir Tiberio de esa secreta reunión, los esclavos que vigilaban la habitación de Augusto habían oído que éste decía: «¡Oh desdichado pueblo de Roma que va a estar bajo el poder de tan lentas mandíbulas!»[39]. No ignoro tampoco que otros historiadores han escrito que Augusto desaprobaba tan abiertamente y sin ningún disimulo su siniestro carácter que, en ocasiones, al llegar Tiberio, cortaba en seco las conversaciones demasiado distendidas y divertidas. Vencido, no obstante, por los ruegos de su esposa, consintió en adoptarlo, o quizá lo hizo también movido por su propio deseo de popularidad, ya que, con un sucesor de ese talante, él mismo llegaría algún día a ser muy añorado. Me niego a creer, sin embargo, que un príncipe como Augusto, tan sumamente reflexivo y prudente, actuase en un tema de tanta trascendencia como éste por motivos frívolos. Por el contrario, creo que después de sopesar los defectos y las virtudes de Tiberio, le pesaron más sus virtudes, especialmente cuando en una alocución juró que lo adoptaba por motivos de Estado y añadía en algunas cartas que era un consumado experto en cuestiones militares y un defensor sin parangón del pueblo romano. De estas cartas he seleccionado de aquí y de allá algunos pasajes a modo de ejemplo: «¡Adiós, queridísimo Tiberio, y que tengas éxito en tus empresas, combatiendo para mí y para tus musas! ¡Que goces de buena salud, y así seré yo feliz, mi más querido, mi bravísimo muchacho y general prudentísimo!». «¡Qué orden el de tus campamentos de verano! Creo, mi querido Tiberio, que nadie habría podido actuar con más habilidad que tú, especialmente entre tal cúmulo de dificultades y con semejante desánimo de los soldados. Todos cuantos estuvieron contigo afirman también que se te puede aplicar aquel verso:


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