Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares VI. En Roma, efectivamente, cuando, ante las primeras noticias acerca de la salud de Germánico, la población aguardaba expectante los siguientes mensajeros y cuando, súbitamente, hacia el atardecer, no se sabe quién hizo correr la voz de que finalmente se había restablecido, la multitud concurrió desde todas partes al Capitolio con antorchas y ofrendas, reventando casi las puertas del templo, pues nadie de aquella exultante muchedumbre quería demorarse en depositar sus votos. El propio Tiberio fue despertado de su sueño por los gritos de los jubilosos ciudadanos que cantaban por todas partes:
¡Roma está a salvo, la patria está a salvo, Germánico está a salvo!
Pero cuando finalmente se hizo público que había muerto, ningún consuelo, ningún edicto pudo aplacar el duelo general, que continuó también durante los días festivos del mes de diciembre. Contribuyó asimismo a aumentar la gloria y la añoranza del difunto, la cruel atrocidad de los tiempos que siguieron a su muerte, siendo opinión generalizada —y no sin fundamento— que, por respeto y miedo a Germánico, Tiberio había refrenado su crueldad, a la que poco después dio rienda suelta.