Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares IV. Durante los siguientes años de su vida, encenagado en toda clase de vicios, ocupó un lugar importante en palacio: con Cayo, como auriga; con Claudio, por su afición al juego; pero fue sobre todo estimado por Nerón, no sólo por las mismas razones que hemos expuesto, sino también por haberle prestado un servicio muy especial, ya que, como presidente del certamen «Neroniano», y puesto que el emperador deseaba competir entre los citaredos, sin atreverse a inscribirse a pesar de que todos se lo pedían, y por ese motivo se había marchado del teatro, Vitelio le hizo volver, alegando que había recibido ese encargo del pueblo que insistía en que se quedase, ofreciéndole así un pretexto para dejarse convencer.
V. Así pues, gracias al favor de estos tres emperadores, no sólo se fue encumbrando con las más ilustres magistraturas y sacerdocios, sino que, después de éstas, gobernó como procónsul la provincia de África y administró la intendencia de las obras públicas, con desigual entrega y prestigio. En la provincia, demostró una singular honestidad durante dos años ininterrumpidos, al permanecer en ella como legado de su hermano, que le había sucedido como gobernador. En cambio, se decía que, en el desempeño de su cargo en Roma, había robado y cambiado ofrendas y elementos de ornato de los templos, sustituyendo los de oro y plata, por otros de latón y estaño.