Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XVII. Habían irrumpido ya en palacio las avanzadillas del ejército enemigo y, sin que nadie se les opusiese, iban escudriñando, como es habitual, estancia por estancia. Éstos lo sacaron fuera de su escondite, pero al preguntarle quién era, pues no lo conocían, y si sabía dónde estaba Vitelio, los engañó con una mentira. Más tarde, una vez hubo sido reconocido, alegando que tenía que comunicarles algunos detalles importantes para la seguridad de Vespasiano, no cesó de rogarles que, mientras tanto, velaran por él, aunque fuera en la cárcel. Finalmente, atadas las manos a la espalda, sujeto por el cuello con un lazo, desgarrados sus vestidos y semidesnudo, fue arrastrado a lo largo de toda la vía Sacra hasta el foro, entre grandes ultrajes de palabra y obra, tirándole la cabeza hacia atrás por el pelo y colocándole también bajo la levantada barbilla la punta de una espada, como suele hacerse con los criminales, para que así ofreciese su rostro a la vista de todos, sin poderlo bajar. Algunos le arrojaban estiércol y cieno, otros le llamaban a gritos incendiario y glotón, mientras una parte de la chusma se mofaba también de sus defectos físicos; su estatura era, en efecto, exagerada, su rostro enrojecido casi siempre por el exceso de vino, su vientre obeso y una de sus piernas estaba lisiada por un antiguo golpe de una cuadriga, sufrido cuando se exhibía como ayudante de Cayo, siempre que éste participaba como auriga en las carreras de carros. Por último, cerca de las Gemonias[26], le mataron desgarrándole todo el cuerpo, poco a poco, con medidas puñaladas, y, desde allí, fue arrastrado con un garfio y arrojado al Tíber.


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