Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares pensó promulgar un edicto prohibiendo el sacrificio de bueyes. Mientras fue un ciudadano privado jamás dio muestra alguna de codicia ni de rapacidad, y tampoco durante bastante tiempo después de haber sido nombrado emperador. Más aún; dio, al contrario, frecuentes pruebas, no sólo de desinterés, sino incluso de generosidad. A todos cuantos le rodeaban —a quienes trató, por cierto, con extraordinaria largueza—, la primera y más enérgica advertencia que les hizo fue que no se comportasen con mezquindad. Rechazó las herencias que le dejaban quienes tenían hijos. Invalidó el legado que, por testamento, había dejado Rustio Cepión, quien había tomado medidas para que cada año su heredero proporcionase una determinada suma de dinero a los senadores que ingresaban en la Curia. Absolvió a todos los acusados cuyo nombre hubiese sido fijado en las puertas del erario público con anterioridad a los últimos cinco años y no permitió que fueran procesados de nuevo, a no ser dentro de aquel mismo año y a condición de que se condenara al destierro al acusador que no ganara el pleito. Otorgó una amnistía a los secretarios de los cuestores, quienes tradicionalmente se dedicaban a los negocios, aunque iba en contra de la Ley Clodia. Después de repartir los campos a los veteranos, restituyó a sus antiguos propietarios, por derecho de uso, las parcelas sobrantes que habían quedado desperdigadas. Reprimió con severas penas en contra de los calumniadores las falsas acusaciones de fraude al fisco y se citaba como suya esta frase: