Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LX. No siempre entraba en combate con un plan prefijado; también lo hacía según la oportunidad del momento e incluso, a menudo, sobre la marcha, en medio de violentísimas tempestades, cuando menos podía sospechar nadie que fuese a atacar. Y no fue sino ya hacia el final de su vida cuando se volvió más cauteloso a la hora de presentar batalla, estimando que, precisamente por haber obtenido tantas victorias, por eso mismo debía evitar los riesgos de una derrota, y que no obtendría tantas ventajas con otra victoria, cuantas podría perder con un desastre. Nunca derrotó a un enemigo sin destruir también su campamento; de este modo no daba cuartel a los ya aterrados enemigos. Cuando el combate se mantenía incierto, hacía retirar los caballos, empezando por el suyo propio, a fin de que, privados de este recurso de huida, se generase una más apremiante necesidad de resistir a pie firme.

LXI. Montaba César un extraordinario caballo de pies casi humanos, al tener hendidas las pezuñas a modo de dedos. Había nacido en su casa y, al haber vaticinado los arúspices que presagiaba a su amo el dominio del mundo entero, lo crió con grandes cuidados, fue el primero en montarlo y el caballo no toleraba otro jinete que no fuese César. Más tarde le dedicó una estatua delante del templo de Venus Genitrix.


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